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Las traumas infantiles.

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Josefina Barriga.2012-06-08

En los últimos diez años se ha empezado a hablar de algo que se ha llamado “Trauma complejo del desarrollo” (pese a lo cual no existe acuerdo en la terminología del conflicto) en un intento de mirar desde el niño todas las posibles traumatizaciones que sufre, señalando que detrás de un trauma que puede ser más evidente, como ser víctima de un abuso sexual o presenciar violencia intrafamiliar, se encuentra una serie de traumatizaciones posteriores que vienen a complejizar el trauma en sí. A modo de ejemplo se podría describir el caso de un niño que presencia que el padre golpea a su madre y frente a su angustia se pone inquieto, llora, etc. tras lo cual la madre lo reta y le pega. Para este niño, la falta de contención frente a su propia angustia, el evidenciar la angustia de su madre frente a él mismo, viene a complejizar aún más el trauma sufrido por haber visto la violencia de su padre.

Los estudios que se habían realizado hasta entonces siempre se enfocaron en niños mayores de 6 años. Hay aproximadamente solo 6 estudios en el mundo que consideran niños menores de 6 años.

El estudio AC (uno de los estudios más grandes que se ha hecho), es una investigación a través de la cual se hizo un estudio retrospectivo siguiendo a 17.000 adultos, donde se demostró que haber sufrido traumas complejos del desarrollo durante los 6-7 primeros años de vida explica más o menos 10 causas de muerte en la adultez (ataques cardiacos, enfermedades del hígado, al pulmón, cáncer, entre otros) los que no se explicaban por otras causas más que por haber sufrido 3 o 4 traumas en esta etapa del desarrollo. Mientras más traumas han sufrido las personas, más tendencias al alcohol, las drogas, la obesidad, etc. se tiene.

Se ha mostrado que las personas que están en prisión, el 100% han sufrido traumas complejos del desarrollo antes de los 10 años de vida. El 50% de las personas que sufrieron negligencias son arrestados antes de los 32 años y el 75% de los abusadores reporta haber sido abusado por algún familiar o alguna persona conocida. También se ha visto que el 85% de los traumas complejos del desarrollo se estructuran en relaciones de apego significativas.

Desde que se nace se está conociendo el mundo poco a poco. Así como se muestra es cómo se le va conociendo. Una hora se vive como un día, un día como un año, lo grande es inmenso, el ruido de una moto es como un terremoto, etc. Todo se vive de forma mucho más intensa que como lo vive un adulto y esa intensidad la expresan en su propio lenguaje muchas veces inentendible para los adultos. Desde ahí que se habla de un apego seguro madre- hijo, mientras más conectada este la madre de su hijo, más fácil será para el pequeño canalizar el sin fin de emociones que experimenta de forma adecuada para su propio desarrollo.

Estudios han mostrado que el 95% de las familias prefieren no contar a los niños lo que ocurre, por lo que muchas veces el trauma tiene este ámbito de lo “no dicho”. Por ejemplo prefieren decirle al niño que el papá está trabajando en vez de decirle que está en la cárcel, sin embargo el niño capta que ocurre algo que inquieta el ambiente y que él no logra comprender, lo que le genera una incomodidad y angustia difícil de contener por parte del adulto si el niño sigue sin comprender la situación.

Cuando se habla de trauma, las teorías de las que podemos agarrarnos son de las que hablan de stress post traumático, estudios de los cuales el 70% se basan en adultos y más específicamente con veteranos de guerra. Pero el stress post traumático señala un evento específico ocurrido en un determinado momento, y consecuentemente se trabaja las secuelas que han quedado del evento, pero ¿Qué pasa cuando un niño vive en un estado traumático crónico? Además de que en estos casos es necesario pensar en una “constelación traumática”, hay que distinguir entre un stress post traumático y una traumatización crónica temprana (nomenclatura que aún está en estudio).

Estudios muestran que estos niños traumatizados tienen deterioros importantes a nivel académico, social y en los distintos ámbitos de la vida. La experiencia fisiológica, cognitiva, afectiva y psíquica del niño al vivir en una experiencia traumática crónica, se va estructurando y organizando sobre una desregulación en todos los niveles. Frente a cualquier situación traumática que vive un niño, lo más importante es el efecto de escudo que pueda hacer la figura protectora, que le permita disminuir el estado de alerta fisiológico que se le ha despertado, de lo contrario este estado tiende a perpetuarse. Si el trauma proviene de un suceso que el niño ve o escucha, de no recibir la contención necesaria del adulto, el pequeño empieza a tener la sensación de que si algo le ocurre no va haber nadie que esté para protegerlo. Ello tiene como efecto un apego inseguro y un estado de híper alerta que afecta todas las áreas del desarrollo. Estudios han mostrado que niños que presencian violencia intrafamiliar durante 5 años, en los últimos 2-3 años bajan entre 5 y 6 puntos su coeficiente intelectual, lo que tiene que ver con que el niño queda con este estado de híper alerta y ya no le interesa aprender, ya no le interesa estudiar, etc.

La psiconeuroinmunología estudia los efectos del cortisol en el organismo y en el desarrollo mental. Explica que al despertar tenemos los niveles de cortisol más alto, el que va disminuyendo a lo largo del día, lo que hace que nos sintamos más cansados, con más sueño, que la capacidad de atención disminuya, etc. Esto es lo que ocurre en situaciones normales y lo que nos permite reaccionar frente a situaciones estresantes como un terremoto, donde nuestro nivel de cortisol aumenta. Al respecto hay estudios que muestran que hijos de mamás muy “mandonas”, intrusivas y gritonas, tienen su ciclo de cortisol alterado; lo mismo ocurre con las guaguas que se crían en sala cuna en vez de criarse en la casa con la mamá u otro cuidador, situación en la cual el único momento en que el patrón de cortisol se regula es cuando las guaguas duermen.

Cuando un niño se encuentra en una situación de traumatización crónica, puede entrar en un estado de hipercortisonismo, una secreción de cortisona crónica. El hipercortisonismo se puede medir a través de la saliva, pero además se puede observar en una mirada de hiperalerta constante, hipertonía (cuerpo rígido) y una atención que pareciera ser muy focalizada, pero es completamente automática, es decir, que aparentemente está poniendo atención, pero no está ahí, su mente está en otra parte. Hay pocos estudios, pero los que hay, han mostrado que secreciones crónicas de cortisol van matando neuronas y conexiones, y que el hipocampo es la parte del cerebro que más se ve afectado (encargado de la memoria a corto plazo). Ahora bien, esta situación, de un momento a otro puede pasar automáticamente de un hipercortisonismo a un hipocortisonismo, lo que se aprecia en un niño totalmente disociado, hipotónico (disminución del tono muscular), atención difusa, da la impresión de un niño deprimido o que no le interesa absolutamente nada.

También se ha medido la frecuencia cardiaca comparando niños con apego seguro enfrentando situaciones de amenaza versus niños con apego inseguro, tras lo cual se mostró que la frecuencia cardiaca de los segundos era 4 veces mayor que los primeros, lo que cardiólogos dicen que un adulto no aguanta y genera una crisis de pánico, es decir, una guagua con traumas vive el nivel de pulsaciones que un adulto vive en una crisis de pánico.

El cerebro funciona esperando que las cosas siempre ocurran de una misma manera, por lo que aprende que las situaciones que con anterioridad lo asustaron y que entonces descubrió que no eran peligrosas, con posterioridad solo activa la corteza frontal informando que no hay peligro. Pero el niño que permanentemente es traumatizado, su cerebro funciona como permanentemente activado frente al peligro. Entonces el cerebro busca constantemente la predictibilidad del trauma, así cualquier cosa puede ser un “gatillador” donde el cerebro actúa en el presente como si estuviera en el pasado.

Se plantea que entre los 0 y los 4 años existen cuatro miedos: el miedo a ser abandonado, el miedo a no ser querido, el miedo al daño físico y el miedo a que lo reten por hacer las cosas mal, estos son miedos normativos y hay que ver en qué etapa está el niño. Entre los 16 y los 20 meses el miedo más probable es el de ser abandonado, pero entre los 24 y los 30 meses el miedo más probable es a no ser querido, después de los 30 meses el miedo más probable es a hacer las cosas mal.

Ps. Felipe Lecannelier Acevedo.
Conferencia sobre Apego Desorganizado y Trauma Relacional Temprano UDD.

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